Miércoles 22 de febrero 2012
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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BOLIVAR MANUAL
FULGENCIO PULA

Ayudante de Cocina,
Cuines de Santa Caterina
Platos
Restaurante MOO
 
 
 
 
En los países de clima mediterráneo, la llegada de las primeras lluvias tras la sequía estival marca el inicio de la temporada de setas. En muchas zonas donde esto ocurre, cuando se notifican los primeros hallazgos son muchos los que cogen el cesto y se dirigen al monte a la caza de estos frutos. Es una buena forma de quitarse de encima el estrés y una buena excusa para salir por unas horas de la ciudad.
 
Tras años de largos paseos por el bosque, los aficionados aprenden a deducir si el tiempo que ha hecho en los últimos días es o no propicio a la aparición de setas, si las encontrarán en un claro o bajo los pinos, o si el estado del terreno indica el paso previo de otros buscadores de setas. También llegan a distinguir entre las especies venenosas y las comestibles.
 
Entre estas últimas, una de las más apreciadas es el níscalo, de color anaranjado herrumbroso. En Cataluña, donde hay gran tradición de buscar setas, es conocido como 'rovelló' (algo así como 'oxidado') y también como 'esclatasangs' ('estallasangres', por el tono rojizo que adquieren las zonas de corte). Destacan también el discreto pero gustosísimo 'moixernó', que forma corros en los prados y es por eso también llamada seta de carretilla; el rebozuelo, de color amarillo y carne dulce y consistente; la temprana y extravagante colmenilla o 'múrgula', que posee unos pliegues que le dan un aspecto agujereado; la prohibitiva trufa, de corteza negra y rugosa, que vive enterrada y desprende un olor intensísimo; o el çviscoso y suculento higróforo, también conocido como mocosa negra o babosa.
  Otra jugosa seta cuyo nombre echa para atrás es la trompeta de la muerte, llamada así por su forma de embudo. También está libre de peligro (es muy usada en la cocina china) la pintoresca oreja de Judas, que crece en los troncos de los árboles. Pero —¡cuidado!— en ocasiones el nombre sí tiene como finalidad advertir de un peligro: el boleto de Satanás ('mataparents' en catalán: 'mataparientes') es tóxico e indigesto; y la oronja mortal ('Amanita phalloides') puede provocar, efectivamente, la muerte. Por eso hay que recordar que no debe cogerse ninguna seta de la que no tengamos la certeza absoluta que es comestible.
 
Una vez recogidas y seleccionadas, las setas pueden convertirse en conserva, guisarse con carnes y arroces, asarse a la brasa, acompañar pescados, rellenar tortillas o berenjenas o darle un toque especial a la ensalada.
 
En el restaurante Negro cocinan una sabrosa crema de rebozuelos y camembert con almendras y alcachofas. La preparan rehogando primero en mantequilla dos puerros, dos patatas y una cebolla. Antes de que tomen color, añaden las setas (200 g) y a los cinco minutos lo mojan con un vaso de vino blanco seco. Diez minutos después le incorporan un litro de caldo de verduras y lo dejan cocer durante media hora. Le añaden entonces camembert (80 g) y lo trituran. Mientras, han picado almendras marconas (40 g) y han limpiado cuatro corazones de alcachofa. Se cortan bien finos, se enharinan y se fríen. En el mismo aceite se fríen a continuación hojas de perejil. La crema se sirve con estos productos en el centro y con un hilillo de aceite de oliva virgen.
 
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Son muchos los que se atribuyen el
origen de la mahonesa, una salsa simple,
suave y sabrosa que ha conquistado
a todo el mundo.
 
La palabra aparece por primera vez en un libro de cocina francés de 1804, escrita 'mayonnaise'. Una teoría sostiene que la salsa procede de Bayona, ciudad del País Vasco francés, y que se llamaría originalmente 'bayonesa'. Otra, que proviene de 'magnier' (manejar), por su modo de elaboración. También podría ser que la palabra se debiera al duque de Mayenne o a la comarca del mismo nombre. O que proviniera de 'moyeu', yema de huevo en francés antiguo.
 
Sin embargo, la mayoría de expertos creen que procede de Menorca. En 1756 el ejército francés arrebató a los ingleses el castillo de San Felipe en Mahón. Estaba al mando de la operación Louis François Armand du Plessis, duque de Richelieu. Según una versión, el mariscal entró una noche en una taberna de la población y pidió de comer. El tabernero no disponía de nada más que un pedazo de carne de poca calidad y se lo preparó acompañado de mahonesa. El huésped quedó maravillado y quiso saber la receta, que luego llevó a Francia. Otra versión más prosaica cuenta que la salsa se la preparó al duque su cocinero en la cena de celebración de la victoria.
 
Detalles aparte, son muchos los elementos que apoyan esta teoría. La salsa se prepara con aceite de oliva, un ingrediente esencial de la cocina mediterránea y catalana (en Francia, salvo en la Provenza, la base de la cocina es la mantequilla). Y la mahonesa se puede considerar una variación del alioli, típico de la región.
 
En Sudamérica son muchos los que creen que procede de los Estados Unidos, y tienen parte de razón: la primera mayonesa envasada que se vendió fue la Hellmann's Blue Ribbon Mayonnaise, comercializada en Nueva York en 1905 por un empresario de origen alemán.
  ¿Pero qué es la mahonesa? Simple y llanamente, una emulsión de huevo y aceite de oliva. Se pone un huevo de gallina con un poco de sal en un mortero y se remueve con una cuchara o una batidora mientras se vierte un hilillo de aceite; hay que ir aumentado poco a poco el tamaño del chorro y el ritmo de batido hasta que la mezcla adquiere la consistencia deseada.
 
Las variantes de esta salsa son infinitas. En el restaurante Tragaluz, el tartar de chatka se sirve con una original mahonesa de jenjibre. ¿Os atrevéis con la receta? Para empezar, necesitaréis los siguientes ingredientes:
 
1 l de aceite de oliva
5 cl de zumo de limón
5 cl de vinagre de cava
5 cl de almíbar
50 gr de jenjibre
4 yemas de huevo
Sal y pimienta
 
Se tritura el jengibre y se calienta hasta hervir junto con el almíbar, el vinagre y el zumo de limón. Se deja enfriar. Después de montar las yemas de los huevos con el aceite, se agrega la mezcla anterior. Para acabar, salpimentar al gusto.
 
¡Y a disfrutar!
 
 
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La naturaleza es caprichosa, y los océanos,
en particular, cobijan un sinnúmero de
animales de formas llamativas, cuya
anatomía no parece tener explicación lógica.
Peces que se hinchan como globos, que tienen
la cabeza en forma de martillo, medusas
translúcidas, gambas bioluminiscentes…
Entre todos ellos, uno de los que llama más
poderosamente la atención es el pez vela.
El pez vela posee un hocico afilado, algo más corto que el del pez espada, un cuerpo largo y esbelto, una cola en forma de media luna y una enorme aleta dorsal que puede llegar a tener cerca de 50 radios y que abre y cierra a placer como si fuera un abanico.
 
Pero este "diseño" no es meramente estético, sino que es fruto de una acertada selección natural que convierte al pez vela en uno de los animales más rápidos del mundo, solo superado por el guepardo, el tiburón mako y un pequeño número de aves, como el águila real.
 
Esa gran aleta en forma de vela que le identifica no solo le sirve para ganar velocidad, ¡es también su arma secreta! Cuando los peces vela encuentran un banco de sardinas o de anchoas, lo atacan en grupo hasta que consiguen aislar a unos pocos individuos. Entonces nadan en círculo alrededor suyo con su aletas bien extendidas, que se convierten en voluminosos parapetos que las potenciales víctimas se ven incapaces de cruzar. La comida está servida…
 
Otra característica que aporta al pez vela un halo de fascinación y misterio es su color. Algunos biólogos marinos afirman que la del Atlántico y la del Pacífico son especies distintas. Pero no todo el mundo está de acuerdo. Otros aseguran que la tonalidad de su piel cambia según su estado de ánimo: se vuelve más clara cuando se estresa. Y otros expertos sostienen incluso que estos peces modifican su color a voluntad para comunicarse entre sí.
 
Todo ello, sumado a su fuerza y ferocidad, convierten al pez vela—en inglés sailfish— en una de las presas preferidas de los aficionados a la pesca de altura. Su carne no es muy sabrosa, pero como trofeo para colgar sobre la chimenea tiene poca competencia. Afortunadamente, la creciente sensibilidad medioambiental está llevando a muchos pescadores a optar por la caza sin muerte y a encargar para sus paredes réplicas del animal capturado y soltado.
 
Para completar la ficha técnica del pez vela debemos añadir que el espécimen adulto mide entre 2 y 3 metros y que puede llegar a pesar 100 kilos. Su hábitat natural es la zona tropical y subtropical del Atlántico y del Pacífico, aunque en ocasiones se adentra en el Mediterráneo, sin que por norma general llegue más allá de las aguas de la Comunidad Valenciana, las Baleares y Argelia.
 
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El chiringuito Pez Vela
se encuentra en Barcelona,
en el paseo del Mare Nostrum,
19/21, en los bajos del Hotel W,
(Hotel Vela). Está especializado
en pescados, arroces y ensaladas.
T +34 932 216 317
 
 
 
Cuando en 1992 Barcelona decidió modernizar su fachada marítima, ni las grúas ni las apisonadoras que se llevaron por delante merenderos y chiringuitos pudieron domar el espíritu gamberro y carismático de la Barceloneta. Hoy, la Ciudad Condal mira al mar con ojos de metrópolis cosmopolita, pero el carácter marinero de este barrio de pescadores se mantiene intacto en sus balcones con ropa tendida y en algunos locales de nuevo cuño.
 
El 3 de febrero de 1783 se colocó la primera piedra de la primera casa de la Barceloneta. En ese momento, vagabundos y tunantes habitaban en chozas construidas en el antiguo islote de Maians, que, con el paso del tiempo y la creación del puerto, había sido absorbido por la ciudad. A causa de la presión demográfica, se decidió llevar a cabo el proyecto urbanístico del Barrio de la Playa, nombre que pasó sin pena ni gloria. Un proyecto de pequeñas casas de dos plantas y planificación cuadriculada donde se instalaron unas 1.500 personas. Para reivindicar su pertenencia a la ciudad a pesar de vivir fuera de la muralla, los recién llegados —muchos de ellos marineros y pescadores— bautizaron a su nuevo hogar como Barceloneta.
 
Desde su nacimiento tuvo vocación de pulmón de Barcelona y, aunque durante muchos años tuvimos una ciudad que daba la espalda al Mediterráneo, este pequeño barrio siempre ha sido un oasis en medio de la urbe, y la arena y las olas, parte de su ADN. Eso sí, a mediados del siglo XIX los baños solían tomarse solo por prescripción médica. Una época en que era ya una zona de tabernas y tascas, las calles olían a sardinas y en las esquinas se tarareaban canciones picantes.
  Con la renovación de la fachada marítima de la ciudad y la desaparición de los talleres navales y merenderos, el también conocido como barrio de la Ostia ha atraído a gente joven que quiere vivir cerca de la playa, a extranjeros fascinados por su ambiente pintoresco y a familias que no pueden permitirse pisos más grandes que los quarts de casa —apartamentos de 40 m2—.
 
Esta mezcla, junto a los vecinos de toda la vida, sigue dando a la Barceloneta ese sabor único que la hecho siempre especial. Un sabor que sigue manteniendo a pesar de los outsiders que la invaden cada fin de semana para patinar mirando al mar, surfear, darse un chapuzón —allí donde antes se levantaban las barracas del Somorrostro— o comerse una buena paella.
 
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¿Te imaginas una mole de 30 metros de longitud y 130 toneladas de peso levantándose sobre la superficie del mar? Esto es lo que hacen las ballenas, y no hace falta ir muy lejos para verlo. Cada invierno, abandonan las regiones polares en busca de aguas cálidas donde aparearse y parir. En su migración se acercan a todos los mares que bañan la península Ibérica.
 
Ver a una ballena elevar su inacabable cuerpo sobre el agua es un espectáculo increíble. Y no sólo porque estos animales sean los mayores que han existido nunca —incluidos los dinosaurios—, sino porque uno percibe en su comportamiento, incluso en su mirada, un destello de inteligencia…
 
La ciencia corrobora esta impresión. Las ballenas son mamíferos como nosotros. Se organizan en estructuras sociales complejas. Las hembras y las crías viajan juntos, mientras que los machos en edad de aparearse forman manadas aparte. A medida que se hacen mayores, sin embargo, estos grupos van reduciéndose, y los machos terminan recorriendo el mar en solitario.
 
Los cetáceos se comunican mediante una especie de cantos fantasmagóricos veteados de chasquidos. Este lenguaje no ha podido descifrarse, pero por lo visto, dentro de una misma especie, cada grupo emite una gama distinta de sonidos, como si tuviera un dialecto propio. Se cree además que las ballenas utilizan esos sonidos a modo de sónar, para detectar a sus presas potenciales, y que incluso activan la bioluminiscencia de cierto tipo de plancton.
 
Las ballenas son animales fascinantes. Aunque los primeros vertebrados —los peces— se desarrollaron en el mar y poco a poco fueron colonizando el medio terrestre (primero aparecieron los anfibios, luego los reptiles y finalmente mamíferos y aves), los cetáceos hicieron el recorrido contrario: abandonaron tierra firme hace 60 millones de años. Y por lo visto se han adaptado perfectamente a la vida marina. Los cachalotes pueden llegar a estar más de una hora sin salir a la superficie (es el récord; otras especies aguantan veinte minutos). No necesitan hacer descompresión porque no tienen nitrógeno en la sangre ni aire en los huesos. Se sumergen hasta los 800 metros de profundidad. Y puede decirse que no conocen fronteras: un mismo individuo ha sido localizado en pocas semanas de diferencia en dos océanos distintos.
 
Durante muchos años las ballenas se cazaron con fines comerciales: su aceite fue el combustible que iluminó las ciudades durante la Revolución Industrial. Estuvieron al borde de la extinción. En 1986 se prohibió su caza en todo en mundo, aunque países como Japón y Noruega han seguido capturándolas, y otros como Islandia vuelven a hacerlo desde hace un año. Eso, sumado a la escasez de alimentos (los humanos competimos con ellas por una cantidad de pescado que va disminuyendo), hace que sigan estando amenazadas.
 
Las excursiones turísticas para contemplar ballenas son una buena alternativa económica para los países que habitualmente se han dedicado a la caza de estos animales. Y además, la experiencia de ver a estos seres en su medio natural logra casi siempre concienciar al observador de que el mundo sería un lugar infinitamente más triste si estos parientes marinos nuestros desaparecieran.
 
En España, se pueden realizar avistamientos en las islas Canarias, el Cantábrico y la zona del estrecho de Gibraltar.En el Mediterráneo también se encuentran grandes cetáceos, pero en menor número.
 
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Casi todas las tradiciones son fruto del azar y las casualidades, pero ninguna gana en incidentes y giros inesperados a la de Papá Noel. La historia es enrevesada, así que empecemos…
 
Nicolás fue, según parece, un obispo que vivió en el siglo IV en Mira, una población de Anatolia, la actual Turquía. Dice la leyenda que en cierta ocasión llegaron a sus oídos los lamentos de un padre que no podía casar a sus hijas porque no tenía dinero para pagar la dote. El sacerdote quiso dar dinero al hombre, pero, bien por humildad o bien por timidez, en lugar de entregárselo en mano le dejó una bolsa en su casa de forma nocturna y alevosa. En el año 400 el buen Nicolás fue canonizado por la Iglesia Católica. En el 1087 no se habían olvidado de él: en pleno auge del fenómeno del peregrinaje religioso, la ciudad italiana de Bari decide patrocinar una expedición para hacerse con sus restos mortales y poder sacar así tajada del negocio.
 
Nicolás tarda casi mil años más en volver a escena. En 1809 Washington Irving escribe un cuento en el que el obispo visita Nueva York. En él, cambia con intención satírica el nombre que los holandeses (los fundadores de la ciudad) dan al clérigo, Sinterklaas, por Santa Claus. En 1823, se publica otra narración sobre el mismo tema: Una visita de San Nicolás, o la noche antes de Navidad. Hasta entonces, los ilustradores habían pintado a Nicolás delgado y con mitra. Thomas Nast es el primero que lo dibuja orondo, con barba y vestido de rojo. Lo hace en 1861 para la revista Harper's Weekly. Es, por tanto, falsa la idea ampliamente extendida de que esa imagen fue un invento de la Coca-Cola. Lo que sí es cierto es que la marca de refrescos contribuyó a popularizarla. Durante años, Haddon Sundbloom creó para ella una serie de exitosos anuncios que ayudaron a instalar esta iconografía en el subconsciente colectivo.Desde los Estados Unidos, Santa Claus llega a Francia, donde ya existía el Bonhomme Noël, un personaje también barbudo y generoso, aunque vestido de color dorado. Y lo mismo ocurre en muchos otros países de Europa. Remontándonos mucho más atrás, en Escandinavia era el dios Odín quien deja presentes en las botas de los pequeños. En los países de influencia católica son los Reyes Magos… En definitiva, parece que no hay vuelta de hoja: de un modo u otro, gordo o flaco, de rojo o de verde, en solitario o de tres en tres, en Occidente alguien debe dejar obsequios a los niños a principios de invierno sí o sí.
 
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